viernes, 1 de junio de 2007

Del mismo modo que la lógica a posteriori no nos sirve siempre, una atribución o una transferencia determinada, no sirve para todo siempre. Aplicar un tipo de inferencia que sea correspondiente es una destreza, en sí misma, que hay que desarrollar. A su vez, en muchas ocasiones, tenemos que operar en escenarios a los que hay que aplicar una especie de soluciones creativas. Si estamos en una clase de 159 alumnos, nuestras inferencias y razonamientos se ven mediatizadas por las circunstancias concurrentes. Existen, así pues, dos tipos de heurísticos fundamentales y, por ende, de estilos atribucionales:

a) los correspondientes o los que han sido verificados, al menos en parte, por la experiencia; y

b) los concurrentes o los que se hacen en virtud de las circunstancias que acontecen en un momento dado.

En ambos casos, se intenta aplicar una lógica a priori; es decir, antes de que suceda. Es la anticipación o bien por una experiencia acumulada, o bien como consecuencia de las circunstancias del contexto. Y así como en la lógica a posteriori los sistemas de razonamiento están estructurados (tales como los paradigmas deductivo vs. inductivo), la lógica a priori no tiene una estructura estándar eficiente. Los paradigmas investigación-acción y ecológico, incluyen cierta lógica a priori, pero no han llegado a convencer para formular teorías. Al socaire de lo anterior, podemos entender que la lógica a priori es más un conjunto de procedimientos y de técnicas aplicadas que un sistema compacto de donde extrapolar leyes y principios. Y en cierto modo así es: se adaptan a las circunstancias que los sugieren. Es decir, la lógica a priori es el factor adaptativo de nuestros razonamientos. Cuando decimos que "la actividad atribucional cumple una función adaptativa" (Echevarría, 1991), estamos diciendo que se está produciendo un ajuste representacional entre lo ya representado y el nuevo escenario presentado y que hay que representar, aplicando un estilo correspondiente o concurrente para hacerlo.

Con la lógica a posteriori, comprobamos, verificamos, confirmamos o negamos nuestros a prioris, nuestras hipótesis de trabajo. Y lo que se trata de "sacar" de todo ello es la influencia de lo previo sobre lo siguiente. Nos preguntamos cosas como ¿qué influye más sobre el aprendizaje, la motivación o el sistema didáctico empleado? ¿Con qué técnica obtendré más rendimiento? o ¿qué variables influyen sobre la atención de los alumnos? Y mientras nos hacemos estas preguntas estamos interviniendo una y otra vez, hasta que nuestras respuestas se van difuminando con el quehacer diario y se descubre el 'ojo clínico': un ojo que sabe qué hacer en todo momento pero que no está en los anales de metodología científica más avezados.

Sin embargo, sabemos que ese ojo clínico está fundamentado en una amplia experiencia y en procesar y manejar la información de un modo estructurado. Incluso, argumentos intuitivos, pueden formar parte de este bagaje. La lógica a posteriori necesita un tiempo que no está siempre disponible, mientras que la lógica a priori aplica un conjunto de conocimientos en el mínimo de tiempo: toma decisiones adelantándose a las circunstancias. Las hipótesis de trabajo son cosas como "voy a emplear diapositivas para explicarles el arte griego", "ordeno a los alumnos por orden alfabético para saber quiénes son"... Utilizan el "para" qué sirven, buscan objetivos concretos y operativos, con potencia restringida a un espacio/tiempo dado. Pero muchas hipótesis de trabajo pueden resultar erráticas o inoperantes a medio y largo plazo. Otras, son tan consistentes, que impelen a ser tenidas en cuenta a posteriori. La deseabilidad de nuestros razonamientos a priori, es buscar la adaptación, porque sencillamente, lo a posteriori, no explica todo, ni el caso, ni el contexto, ni el escenario en el que estamos inmersos en este momento.

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